Los primeros tristes


Los primeros Tristes

Más a menudo de lo que me gustaría y, de hecho, me gusta, le doy vueltas a la misma pregunta ¿quiénes fueron los primeros tristes?
Primero, considero relevante explicar lo que quiero decir cuando hablo de “los tristes”.  Los tristes.
La sociedad actual gira alrededor de una meta global y única: la felicidad. Nosotros, los Homo Sapiens, seguimos manteniendo el estilo de vida cazador-recolector de los Homo Neandertales, cazamos y recolectamos cosas y experiencias que nos hagan sentir que no estamos vacíos, que la vida tiene sentido. Otros homos más avanzados han aprendido a cultivar y domesticar lo que está a su alcance rozando de esta manera y a veces incluso agarrando fuertemente ese ansiado deseo. En definitiva, en la sociedad actual la felicidad se juega la vida día a día contra la tristeza.
Al mismo tiempo, esta implacable sed de felicidad se incrementa con los continuos y diabéticos mensajes que nos invitan a pensar que la vida es y, por lo tanto, debe ser, Felicidad.
Volviendo al rastreo de los primeros tristes, todos los conceptos tienen nombre y apellidos o lo que es lo mismo una fecha y un contexto. - ¡Oh la diosa fortuna!
Fortunatus -que proviene del latín- hace alusión a la suerte, la riqueza y la fecundidad, en su más amplio sentido, pero hoy Fortunatus se ha reencarnado en Mrs Wonderfull, y nos impulsa a la búsqueda de la fortuna y de la felicidad. Entonces -¿qué significa ser feliz?. Considero que la respuesta a esta pregunta es tan variada y está tan sumamente prostituida que la dejaré de lado y me centraré en los tristes.  
Lo irónico de los tristes es que siempre que pienso en ellos la felicidad vuelve a convertirse en el centro de atención. Alejándonos de los primeros tristes, nuestros tristes no solo tienen la ardua tarea de conseguir ser felices, sino que, además, deben demostrarlo.
El nuevo barómetro de la felicidad mide en: viajes (cuanto más lejos y exóticos mejor), vida social (debe quedar constancia de que tengo más amigos y amigas que granos de arena hay en el desierto) y finalmente -pero no menos relevante- parecer importante (- ¡Oye tú! Desconocido, mira lo que hago). Partiendo de este contexto la felicidad será enemiga de la verdad efímera que no deja constancia.
Otro rasgo característico de nuestros tristes es que todos y todas tienen numerosos avatares: cremas, tecnología de última generación, unas ganas incontrolables de salir a correr ataviados con uniformes llamativos para así contar los kilómetros que hacen, comer alimentos integrales con aguacate y estirarse en posiciones imposibles al ritmo del “Ommmmm”.
Los tristes se encuentran vagando en la continua búsqueda de la cordura o en otras palabras del equilibrio emocional.
Por otra parte, ser positivo o un “no triste” implica formar parte del engranaje del sistema, lo cual, si eres un triste, te convierte de forma irremediable en una pieza que no encaja. Por esa simple y llana razón, los tristes nos quejamos - ¡Sí! somos quejicas por naturaleza, podemos quejarnos de trabajar mucho o del agotamiento que supone no conseguir trabajo. En definitiva, los tristes vivimos agotados - ¡Qué sería de nosotros sin nuestros antecesores! - ¡Cual ardua tarea afrontaron al lograr mantenerse erguidos caminando sin un horizonte claro! sino fuera por ellos el peso de la positividad habría doblado más de una pierna e hincado más de dos pechos sobre la tierra, lo cual me lleva a preguntarme nuevamente - ¿Serían ellos los primeros tristes? No, ellos quisieron y pudieron - ¿Quisieron? Hoy yo quiero comerme el mundo, pero en su lugar me como una manzana… ojalá fuera una hamburguesa.
El mundo en el que viven nuestros tristes facilita que las apariencias no sean mentirosas y que la verdad se mantenga subordinada al exhibicionismo. En este sentido, la intimidad naufraga entre las tostadas veganas y el café con sonrisas. El alter ego derrocó al yo ahora travestido en un “todos” cual película Hitchcockniana. De esta manera, el “ser” o “to be” en inglés, pasa a ser un “quiero” convertido la mayoría de las veces en un “no puedo” encadenado a cualquier portal que requiera de contraseña. Los intentos por diferenciarnos de la mayoría nos hacen ser iguales.
Estas y muchísimas otras razones me han llevado a pensar que los primeros tristes, fueron aquellos que abrieron sendas, sendas de todo tipo, aquellos que manifestaron sin tapujos un pensamiento crítico, que supieron reconocer su dolor y aprendieron a sentir, y a mentir, aquellas que lucharon contra la regla y las reglas, muchos y muchas tristes sin nombre que se enfrentan a la vida.

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